jueves, 30 de junio de 2011

El regreso

Hace algún tiempo, la comisión de fiestas de Cangas, me propuso que escribiese algo para el libro de las fiestas patronales. El límite era apenas un folio. Así, que en una de las múltiples tardes ociosas que me acompañan últimamente, redacté este pequeño y mísero relato. No es gran cosa, y hay referencias muy localistas, pero aún así, espero que perdonen mis limitaciones y que lo disfruten. 



Por fin regresaba, después de pasar varios años fuera de su hogar volvía a su tierra, y no lo podía haber hecho en mejores fechas. No solo no había hecho dinero en su búsqueda de éxito y fortuna, sino que también había perdido el poco que llevaba al marchar. Apenas tenía tratos con nadie del pueblo excepto con su hermano, su cuñada, sus sobrinos y la hermana de su cuñada con la que aún guardaba una antigua y sincera amistad. Durante sus viajes no se preocupó de mantener el contacto con sus viejos amigos, así que éstos poco a poco le fueron olvidando, o eso era lo que pensaba, y era lo que más le atemorizaba.

Cuando llegaron las fiestas del pueblo, el hermano, con una enorme sonrisa, y su familia, decidieron acudir la romería de San Antonio como todos los años, y no tardaron en invitarle para que los acompañase, pero no deseaba ir, ya que se había convertido en una persona solitaria y hermética, y el miedo a los reproches, a que le recibieran mal, le atemorizaba. Finalmente entre su cuñada y la hermana de ésta se propusieron que cambiara de opinión, y tan sólo consiguieron un mínimo compromiso mientras se iba afirmando con su cabeza hacia su habitación.

La noche fue más larga de lo que pensaba. El recuerdo del calor que despedía el rozu mientras ardía le llenaba de viejas sensaciones que creía olvidadas. Pero la desconfianza anidaba en él. Viejos compañeros hicieron amagos de acercarse, pero la cobertura de la noche, los árboles y el reducido grupo de su familia le proporcionaban el anonimato que buscaba. La mañana le recibió con su hermana y su cuñada ataviadas con los trajes llaniscos, y a su hermano buscando algún medio de guardar sus pertenencias en el traje de aldeano. Otro traje, de color azul, esperaba impaciente a que alguien lo luciera. La trampa estaba preparada y entendió que no podría esquivarla.

Mientras ascendía acompañando la procesión del santo, se sorprendió y emocionó como un turista que lo ve por primera vez. Las canciones, las panderetas y la belleza de los trajes asturianos le alegraron como hacía mucho que no sentía. Todo el pueblo celebra la fiesta, la comida es excelente y es compartida por todos, todos bailan y conversan alegres , no hay nadie ni nada que los pueda poner tristes por que esa día es de todos , todos en el pueblo sienten placer y gozo por estar celebrando las fiestas de su patrón. Por fin se reúne con sus viejos amigos, le reciben con los brazos abiertos, y a la sombra de un roble, y animados por la sidra, conversan sobre sus vidas. Ellos le cuentan cómo han cambiado y como han crecido, él les ameniza la tarde con las anécdotas de sus viajes, sus pocos triunfos, y sus muchos fracasos.

Se atrevió pedirle a la hermana de su cuñada que viviera con él, pero pensó que ella estaba enamorada de otra persona. Por la noche, mientras bailaban al son de la orquesta, le dijo a la chica que pensaba volver otra vez a comenzar sus viajes, debido al rechazo de ella. Ante esto, le confesó que también le amaba y se quedo con él.

Cuando agonizaba la noche, se apartó de manera discreta y se dirigió a la pequeña capilla que cobijaba a San Antonio. Era ateo, pero aún así dejó un modesto donativo. Si. Había vuelto y esta vez era para quedarse.

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